Valero, el pueblo sepultado entre montañas

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Rafaela dice que antes el arroyo que pasa junto a su casa traía más agua. Tiene más de noventa primaveras a sus espaldas y con ese “antes” no se refiere al año pasado o a hace un lustro. Cierto, las lluvias no han hecho acto de presencia y apenas un hilo de agua se desliza entre la maleza y las piedras. Es curioso, pero nuestros mayores siempre aseguran que ya no nieva ni llueve como antes. Si lo dicen ellos, me fío. El cambio climático es una realidad. Rafaela sigue apañando su brasero de cisco. Vive sola. Cada día prepara la comida y cuida su huerto. Todo con una sonrisa. Una lección de vida de esas que encuentras en los pueblos.

Valero desde el Camino de los Trasiegos, la ruta que sube hasta San Miguel
Valero desde el Camino de los Trasiegos, la ruta que sube hasta San Miguel
Rafaela, a la puerta de su casa Valero Salamanca
Rafaela, a la puerta de su casa
Puente que salva el pequeño arroyo Valero Salamanca
Puente que salva el pequeño arroyo

Valero, el pueblo de Salamanca oculto entre las montañas de la Quilama

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Estamos en Valero, Salamanca. Es una de mis debilidades, lo reconozco. Desde que hace años lo visité por primera vez para sumergirme en las aguas de su piscina natural, es un lugar que me fascina. ¿La razón? Su entorno. Colocado con mimo en el valle de la sierra de las Quilamas. Rodeado de colinas verdes que parecen pintadas al oleo sobre un lienzo arrugado. Y luego está el agua. No la del rácano arroyo del que nos hablaba Rafaela, sino la que nutre a su piscina natural. El río o arroyo de las Quilamas. El mismo que toma el nombre de la apasionante leyenda de La Cava, la reina mora, y el último rey godo, don Rodrigo. El mismo que nace en las cumbres de una sierra misteriosa agujereada en sus entrañas por pasadizos que albergan un tesoro. Eso al menos dice la fábula. ¿Por qué no creerla?

Vista de Valero desde la carretera que va a las Puentes del Alagón
Vista de Valero desde la carretera que va a las Puentes del Alagón

Valero se empieza a saborear con antelación. Exactamente seis kilómetros antes. Desde el mismo momento en el que se toma la serpenteante y estrecha carretera que sale de su vecino de arriba, San Miguel. San Miguel de Valero. Ese descenso es un ejercicio de ‘puenting automovilístico’. Una caída libre hacia el paraíso. En seis kilómetros la temperatura puede variar cinco grados. Como lo oyen. Esa es otra de las grandezas de Valero, su clima. Puedes estar sufriendo en Salamanca un día de perros y, en una hora, quitarte la cazadora y hasta el jersey. Así es Valero, un rara avis climático.

Vista de la sierra de las Quilamas, desde San Miguel de Valero
Vista de la sierra de las Quilamas, desde San Miguel de Valero

Rara es también su arquitectura urbana. Su punto débil. La apicultura, actividad reina de la zona, trajo dinero y con el dinero, la construcción. Y con la construcción, el adiós a decenas de viviendas con la típica arquitectura serrana. Esa que vemos magistralmente conservada en pueblos como Miranda del Castañar, La Alberca, San Martín del Castañar o Mogarraz. Una pena. Moles de hasta cuatro plantas construidas con un gusto cuestionable. A lo hecho, pecho. Pero Valero tiene su corazón. Detrás de los edificios de la bonanza y la prosperidad se encuentra el pueblo. Un pueblo atípico, donde su modesta iglesia no sobresale. El templo consagrado a Nuestra Señora de la Asunción se asoma tímidamente. No quiere protagonismo. Los restos de un reloj que no anda presiden tu torre de las campanas.

Una de las casas típicas mejor conservadas de Valero Salamanca
Una de las casas típicas mejor conservadas de Valero
Torre de la iglesia de Valero Salamanca
Torre de la iglesia de Valero
Vista aérea de Valero Salamanca
Vista aérea de Valero

En el corazón de Valero conviven casas tradicionales desvencijadas, otras rehabilitadas con sus puertas de madera y balcones de reja y las frías y modernas. Entre las segundas está el Huerto Tía Juliana, la única casa rural de la localidad. Aunque más que un alojamiento parece un museo. Cacerolas de cobre, espumaderas de las que no se doblan como pasa ahora, una mesita creada a partir de un romo tronco, camas con su cabecero de madera o el artesanal termómetro que nos recibe a la puerta. Una oda a la esencia de los pueblos a partir de la genialidad de un auténtico manitas.

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Fachada de la casa rural Huerto Tía Juliana Valero Salamanca
Fachada de la casa rural Huerto Tía Juliana
Termómetro artesanal a la puerta de la casa rural Valero Salamanca
Termómetro artesanal a la puerta de la casa rural
Cocina de la casa rural Huerto Tía Juliana Valero Salamanca
Cocina de la casa rural Huerto Tía Juliana
Aperos de labranza en un pasadizo de Valero Salamanca
Aperos de labranza en un pasadizo de Valero

El agua que echaba de menos Rafaela en su arroyo sale con fuerza de sus fuentes de agua limpia y fría. Una es la que está en la plaza cuyo nombre no es del Ayuntamiento, aunque la Casa Consistorial se encuentre en ella. Juan Garrido tiene el honor de figurar en la placa. Y la otra refresca al caminante que hace la ruta del Camino de los Trasiegos justo al lado de su peculiar plaza de toros. Valero es diferente y su coso taurino no podía ser circular. Sería demasiado previsible. Su forma es rectangular y sus tendidos, la ladera de la montaña. Sin más. En esta plaza se celebra en el día de San Valerio, patrón de la localidad, el primer festejo taurino del año en Castilla y León. Es en enero y ha habido años que ha sobrado hasta la chaqueta. Por allí han pasado Cayetano Rivera, su hermano Francisco, El Cordobés, El Cid, Joselito… Ese día es una fiesta. Nadie paga por ver los toros y el diestro que sale al ruedo es acompañado en procesión por las calles del pueblo desde la casa donde se viste. Un ritual.

Fuente junto a la plaza de toros Valero Salamanca
Fuente junto a la plaza de toros
Ayuntamiento de Valero Salamanca
Ayuntamiento de Valero
Plaza de toros de Valero Salamanca
Plaza de toros de Valero

Valero es caminar por su nuevo y coqueto paseo que, a la vera del río Quilamas, llega hasta la plazuela dedicada a Petra Andrés. Y también es escuchar el bullicio de los niños chapoteando en la gélida agua de su piscina natural en pleno agosto. Un mes donde la noche cae antes de tiempo, como el resto del año. Es lo que tiene estar en el fondo de un valle, que el sol dice adiós con más prisa de la cuenta. Me quedo con dos imágenes del pueblo. Una, la de Rafaela, lección de vida. Y otra, la del propio Valero desde el Camino de los Trasiegos en dirección a San Miguel. Sepultado, pero vivo al mismo tiempo. En el fondo de un valle abrigado por una sierra de las Quilamas teñida del verde perpetuo de los árboles de hoja perenne.

Juan y Javier, mis guías durante la jornada que pasé en Valero, por el nuevo paseo que va en paralelo al río Quilamas
Juan y Javier, mis guías durante la jornada que pasé en Valero, por el nuevo paseo que va en paralelo al río Quilamas
Pablo Montes y Estefanía Casillas
Pablo Montes y Estefanía Casillas
Periodista e Ingeniera Agrícola. Viajeros

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Comentarios

9 COMENTARIOS

  1. Impresionante el saber contar lo que ven los ojos .Valero es tal cual lo cuentas .
    Para mi es una joya sobre todo por sus aguas y sus montañas acompañando a todo ello el clima

    • Muchas gracias por tus palabras Neli. Valero lo pone fácil, porque en cuanto llegas a él surge la inspiración. Aunque lo mejor es vivirlo en primera persona porque por mucho que lo describa, las palabras a veces no llegan tan lejos. Saludos.

  2. Me encanta el inicio del artículo, con toda esa información condesada en un excelso primer párrafo… Es la segunda vez que lo leo y me sigue pareciendo genial.
    Para quitarse el sombrero.

    • Gracias Jameson. Me alegro que te haya gustado, aunque Valero lo pone fácil para describirlo. Es un pueblo cuyo entorno atrapa en cuanto lo conoces. Un abrazo.

    • Muchas gracias por visitar el blog Osvaldo y compartir ese recuerdo. Ojalá lo pueda conocer algún día porque tanto el pueblo como el entorno le van a encantar. Un saludo afectuoso desde España.

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