Ruta de las arribes del Huebra y el castro de Saldeana

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Ruta de las arribes del Huebra y el castro del Castillo (Saldeana. Salamanca). Dificultad: Fácil. Distancia: 5,5 kilómetros (ruta circular). Duración: 2 horas y 30 minutos aproximadamente.

Soledad. La más auténtica y sublime soledad. Palabra maldita y melancólica cuando se aplica en muchos órdenes de la vida. Pero magnífica y agradecida cuando se experimenta en la naturaleza. Después de casi una década haciendo senderismo, en la mayoría de rutas que hemos hecho en nuestra provincia de Salamanca hemos disfrutado de esa sensación de aislamiento y de separación del mundanal ruido. Salvo en los itinerarios más turísticos y difundidos, en el resto en rara ocasión nos hemos cruzado con más de cuatro personas. Esto tiene el indudable aspecto positivo del disfrute en paz y sosiego de la ruta. Pero nos hace preguntarnos la razón de que no se dé mejor a conocer el soberbio patrimonio natural de una provincia con una variedad paisajística única.

La mole rocosa que contemplamos desde el mirador del Fraile y la Monja
La mole rocosa que contemplamos desde el mirador del Fraile y la Monja

Una de esas zonas que aúnan la soledad y la belleza sublime son las Arribes del Duero. El parque natural siempre nos fascina por esa impactante imagen del río encajonado entre cañones interminables (aquí puedes consultar una lista con los mejores miradores de las Arribes del Duero). Pero dentro de este enclave fronterizo, el Duero no tiene el monopolio de formar arribes. También lo hacen sus afluentes como el Águeda, el Tormes o el Huebra. En este último disfrutamos de una corta, pero intensa ruta de senderismo que aúna el atractivo natural con vestigios de diferentes momentos de la historia de esta zona. Unas tierras habitadas desde tiempos inmemoriales por su estratégica situación. Hablamos de la ruta de las arribes del Huebra y el castro vetón de Saldeana, el del Castillo.

Saldeana, punto de partida para perdernos por las arribes del Huebra

Saldeana es uno de esos pueblos de las Arribes que permanecen a la sombra de la sombra. Apartado y desconocido. ‘Conectado’ con la vida gracias al imponente puente Resbala, ese que salva el curso del Huebra, el río que en este punto ya está surtido con las aguas del Yeltes, su hermano de sangre. Dejamos el coche en el centro del pueblo y salimos por la calle de Nuestra Señora, donde tenemos un panel informativo de la ruta. No ofrece ninguna pérdida y está señalizada en todo momento con balizas blancas y amarillas. Son cinco kilómetros y medio que se pueden hacer sin prisas. Disfrutando de cada momento.

Puente Resbala sobre el Huebra
Puente Resbala sobre el Huebra
Corrales de la Cruz Grande
Corrales de la Cruz Grande

Lo primero que nos encontramos son los llamados Corrales de la Cruz Grande. Son unas peculiares construcciones para guardar el ganado que se caracterizan por su techo vegetal. El día que nosotros hicimos la ruta, su imagen se veía afeada por la presencia de basura fuera de unos contenedores colocados en la zona. Siempre los blogs nos afanamos por elegir la imagen más bonita. Esa que muestra la cara más amable de un determinado lugar. Donde resaltamos los colores e incluso elegimos un enfoque bucólico en el que no aparece ni un solo elemento sospechoso. Pero nuestra obligación es mostrar también la vertiente menos agradable. Denunciar lo que se hace mal y sacar los colores a los que no toman las decisiones adecuadas. No es lógico que la principal ruta de Saldeana reciba a los caminantes con basura tirada en el suelo y esperemos que esta imagen sirva para corregir la situación.

Basura al comienzo de la ruta
Basura al comienzo de la ruta

Pero esta pequeña mancha no afea ni mucho menos el espectáculo que viene a continuación. Tras los Corrales de la Cruz Grande, giramos a la derecha para tomar el llamado camino del Castro. Un poco más adelante tenemos un aparcamiento para los para los que quieran llegar hasta allí con su vehículo. También nos encontramos con un panel informativo del Castro del Castillo aunque la visita a este vestigio vetón la dejaremos para el final. En el siguiente cruce de caminos tomaremos el de la derecha para encaminarnos a los molinos del Arroyo Grande.

Amapolas en una de las parcelas próximas a Saldeana
Amapolas en una de las parcelas próximas a Saldeana

Los molinos del Arroyo Grande, recuerdo de los oficios tradicionales

A partir de este momento la ruta se convierte en circular, ya que el tramo inicial es común para la ida y para la vuelta. Sin apenas darnos cuenta, el paisaje se torna más frondoso y verde. Estamos junto al Arroyo Grande y el curso del agua establece el relajante sonido de fondo de un rincón con mucho encanto. Si el punto negativo de la ruta era la presencia de basura al comienzo, uno de los positivos es el trabajo que se ha hecho en este punto. Se ha levantado un merendero junto a los molinos rehabilitados para permitir a lugareños y visitantes relajarse y descansar sin ningún atisbo de perturbación.

Uno de los molinos del Arroyo Grande
Uno de los molinos del Arroyo Grande
Interior de uno de los molinos del Arroyo Grande
Interior de uno de los molinos del Arroyo Grande

Giramos a la izquierda y a partir de este momento el sendero comienza a cubrirse con la maleza, aunque eso no impide avanzar con cierta comodidad ni perder de vista las balizas que lo señalan. Pasaremos junto a los restos del molino del Tío Román y de dos molinos harineros. Estuvieron a pleno rendimiento hasta hace medio siglo. Algunos usaban una rueda vertical (aceña) y la mayoría contaba con una rueda horizontal. No sólo se destinaban para moler grano, también para batanar paños o, lo que es lo mismo, batir estos tejidos para desengrasarlos. Además de las diferentes ruedas que usaban, también se pueden distinguir entre los molinos de planta circular con la fisionomía de una choza y los cuadrados y rectangulares. Algunos de los que podemos ver en Saldeana se han rehabilitado y es posible incluso acceder a su interior. Todo un lujazo.

Uno de los molinos que vemos en la ruta
Uno de los molinos que vemos en la ruta
Chozo de pastor en las arribes del Huebra
Chozo de pastor en las arribes del Huebra

El Fraile y la Monja, uno de los mejores miradores de las Arribes del Duero

El sendero va tomando altura mientras dejamos el sonido del Arroyo Grande. Justo en ese momento empezamos a ver los primeros buitres leonados que nos anuncian la presencia de las arribes del Huebra, uno de sus hábitats favoritos. Sus excrementos blancos se diseminan entre la roca del cañón. Una roca que parece labrada a mano y que adquiere tonalidades y formas de lo más fotogénicas. Si hay un lugar para contemplar de cerca este espectáculo es el mirador del Fraile y la Monja. Una de las mejores atalayas del parque natural de las Arribes del Duero donde no hace falta ver el curso del Huebra para maravillarse. El magnetismo de la mole rocosa que aparece ante nuestros ojos es suficiente. Un mastodonte que nos regala una paleta multicolor que va desde el blanco hasta el marrón pasando por tonos ocres y grisáceos. Sus salientes son como las escamas de un pez que intenta coger aire saltando con fuerza de las aguas del Huebra. Merece la pena detenerse. Intuir el río por su sonido. Guardar silencio para escuchar el elegante vuelo de los buitres y alimoches.

Mirador del Fraile y la Monja
Mirador del Fraile y la Monja
Vista de las arribes del Huebra
Vista de las arribes del Huebra

Avanzamos y, tras pasar por una choza de pastores, el sendero va haciendo un giro a la izquierda para seguir el curso del Huebra. La maleza se acumula en este tramo justo antes de llegar a otro mirador, el que permite ver con más claridad los arribes que forma este afluente del Duero. El río dibuja un pequeño meandro en la zona conocida como El Puerto mientras avanza encajonado.

Meandro que forma el río Huebra
Meandro que forma el río Huebra

El Castro del Castillo, símbolo del paso de los vetones por estas tierras

Dejamos el paisaje de las Arribes del Huebra para dirigirnos a la última parada de esta intensa ruta. Una pequeña muralla escondida por la vegetación nos invita a desviarnos ligeramente a la izquierda para caminar por uno de los vestigios del paso de los vetones por estas tierras. Llegaron en torno al año 500 a.C. y desarrollaron numerosos poblados por el oeste salmantino, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días. Destacan los de las Merchanas en Lumbrales, el de Yecla de Yeltes y éste del Castillo en Saldeana. Los vetones eligieron una posición privilegiada entre el río Huebra y el arroyo Grande desde donde se puede ver llegar al enemigo. Estuvo habitado hasta el Bajo Imperio Romano y parte de su estructura se perdió porque las piedras fueron usadas en la construcción de casas del pueblo. Se puede apreciar incluso cómo se aprovecharon las estelas funerarias de la necrópolis del castro. Puro espíritu de supervivencia.

Muralla del castro del Castillo de Saldeana
Muralla del castro del Castillo de Saldeana
Vista del castro de Saldeana
Vista del castro de Saldeana

Dejamos del castro del Castillo de Saldeana para regresar a la localidad. Antes de enlazar con la parte de la ruta que tomamos a la ida hay que pasar una portera que dejaremos cerrada. Saldeana nos vuelve a recibir. Es primavera y la localidad luce preciosa con sus jardines presumiendo de flores. Pasamos por delante de la iglesia de Santiago Apóstol, de estilo gótico y que acoge la imagen de la patrona de la localidad, la Virgen del Rosario. Al ser una ruta corta, aprovechamos el resto del día para desplazarnos a Sobradillo y disfrutar de su mirador del Molinillo sobre el Águeda y también a la cascada del cachón de Camaces. Una jornada redonda en las Arribes para conectar con la paz y con la naturaleza.

Portera que nos encontramos tras dejar el castro del Castillo
Portera que nos encontramos tras dejar el castro del Castillo
Iglesia de Saldeana
Iglesia de Saldeana
Pablo Montes y Estefanía Casillas
Periodista e Ingeniera Agrícola. Viajeros

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